MomfSv*I.Re' Las palomas de “Alexandrovska”
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Las palomas de “Alexandrovska”

Zlatimir Kolarov

Zlatimir Kolarov nació en 1954 en Sofía. Está casado, tiene un hijo. En 1980 se graduó exitosamente como médico de la Universidad de Medicina en Sofía recibiendo una insignia de oro. Diez años trabajó en diferentes ciudades del país. Actualmente es profesor en la Clínica de Reumatología de la Universidad de Medicina de Sofía. Es uno de los principales especialistas en reumatología del país. Es autor de más de 485 artículos científicos, 21 monografías, libros y guías de medicina y reumatología, guiones para películas documentales, 125 publicaciones literarias en diferentes diarios y revistas. Es miembro de la Unión de Científicos Búlgaros, la Unión de Escritores Búlgaros, la Unión de Cineastas Búlgaros, la Unión de Periodistas en Bulgaria, etc. Las obras del profesor Zlatimir Kolarov forman parte de la tradición de los médicos – escritores en la literatura búlgara. ¿Por qué un reumatólogo respetado, un nombre importante en la medicina moderna, se ha centrado en la literatura? Para entenderlo, les sugiero que lean una de sus obras.

Autor: Axinia Ivanova

 

LAS PALOMAS DE “ALEXANDROVSKA”

Encima del hospital de “Alexandrovska”, vuela una banda de palomas. Se dirige al edificio de la facultad de estomatología, se envía al lado del Hospital Militar, sigue volando encima del Centro de higiene, de la Pulmonología, la Clínica del padecimiento de la piel y la Casa de Madres, después aparece en el cielo, del lado del edificio de cirugía. Las palomas se posan sobre el techo del edificio, más viejo del hospital “Alexandrovska” – aquello, que tiene un túnel y que conoce todo el mundo búlgaro y despeinan por sus picos la pluma sobre sus pechos. Por el aire vuela plumón blanco.

Camino por las alamedas calmadas y abigarradas de hojas caídas del otoño, fijado en las bandas de las palomas. Las hojas susurran bajo mis pasos y los recuerdos se despiertan…

Las encontré en el patio del hospital – solas a veces en grupo de dos o tres, flacas, un poco jorobadas, como si fueran una materia de gris en su ropa descolorida, llevando sus bolsas y frascos de yogur en la mano, como y bastones en la otra. Enfermeras pensionadas y solitarias. Vivían en unas habitaciones bastante estrechas, como jaulas, en desván del hospital de “Alexandrovska”. Tenían baño común, sin parte de lavar y estirar ropa. Se bañaban y lavaban en los baños de las clínicas de los pisos bajos. Nadie las detenía. Muchos años trabajaban en las mismas clínicas y las conocían todos.  Antes aprovechaban la resolución de la Dirección del hospital. En el principio poblaban todo el piso bajo el techo. Cuando yo estudiaba medicina, se quedó una decena. Después de tiempo, cuando regresé de la provincia a Sofía, estaban menos. Las habitaciones vacías usaban como almacenes y más tarde, después de reparaciones – como gabinetes y laboratorios. Fue prohibido el uso de estufas de todo tipo, como y calefacciones, por motivo de peligro de incendios. Algunos tubos de la calefacción central alcanzaban los techos del edificio y calentaban el aire en el paseo. En las habitaciones no tenía nada de los que se puede calentar la atmósfera. De vez en cuando las enfermeras de servicio las llevaban comida, quedada de los pacientes. Primero la rechazaban, después la recibían.

Se reunían para charlar en el descansillo, delante de la jaula del ascensor. Se apoyaban a sus bastones o se sentaban sobre algunas sillas negras, las que les regaló la enfermera principal de la Hematología. Más de ellas callaban. Se conocían de mucho tiempo, no tenía nada de nuevo para comentarlo. Y luego se dirigían hasta sus piezas.

Algunas tenían transistores y frecuentemente escuchaban música. Las otras la escuchaban a traves de los muros. Baja y por eso – más tierna música. Luego se dormían. Y cada una de ellas soñaba su propio sueño, uno lleno de luz y otro – oscuro. Despertando, comenzaban a mirarse, caminando hacia los grifos al fondo del pasillo, para constatar la situación: falta alguna de ellas o no. Tomaban sus bastones y las bolsas de frascos vacíos y se dirigían hacia la pastichería, para comprar leche.

Las enfermeras de servicio entraban en cada habitación, para despertar a los pacientes enfermos y preparar el ambiente para la primera visita de los doctores.

… Así recuerdo a las enfermeras pensionadas, las que vivían bajo el techo del hospital. Una tras otra tomó vuelo, igual como las palomas.

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Traducción en español: Violeta Bóncheva

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